Hacia el turismo científico en Colombia

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Junio 28, 2018 / Etiquetas: turismo, ecología, investigación, Ciencia, recomendado
Precio al silencio: Ciénaga La Caimanera en Coveñas Sucre. Fotografía de Luis Orlando Aristizábal Gaviria cortesía de FONTUR El gigante del mar. Ballenas en Bahía Málaga (Valle del Cauca), fotografía de Mateo Felipe Matiz Carvallo usada por cortesía de FONTUR Halcón murcielaguero en Colombia. Fotografía de Luis Urueña usada por cortesía de MinCIT Tachuri en Mururito (Meta). Fotografía de Luis Urueña usada por cortesía de MinCIT
Instituciones gubernamentales, junto con la academia, organizaciones y comunidades asientan las bases para desarrollar el potencial que el turismo científico ofrece en el país.

Los creadores de la Casa de la Ciencia en Salento, Quindío, saben que faltan años para lograr que el lugar llegue a reflejar realmente lo que promete su nombre. Allí viven del turismo, como muchas de las personas del municipio, uno de los más atractivos en Colombia para los forasteros en busca de exuberantes paisajes o de las tierras donde se cosecha el café.

La diferencia de esta casa con la mayoría de hoteles y hostales de la región es que sus administradores sueñan algún día con dedicarse enteramente a recibir estudiantes e investigadores, para convertirse en un centro de generación de conocimiento. La Casa de la Ciencia ya fue sede de eventos internacionales como el Peace Hack Camp 2016, un campamento internacional de innovación para la paz, y de tres talleres del Sistema de Evaluación y Planificación del Agua (WEAP), realizados por el Instituto de Estocolmo, en los cuales se estudió el modelo hidrológico de cuencas de la zona.

Lo que atrajo a los miembros de la cooperación sueca a Salento fue su localización estratégica para poder estudiar las fuentes hídricas de la región. La Casa de la Ciencia brindaba lo necesario para una estadía de trabajo, con las comodidades y servicios básicos, mucho más de lo que un científico exige en una salida de campo. Sin embargo, este tipo de visitas son poco comunes, según cuenta Margarita Escobar, directora del lugar. “Vivir únicamente del turismo científico no es posible y, por eso, nuestros ingresos ahora vienen de los turistas tradicionales”, dice.

Peace Hack Camp 2016

Como este alojamiento, hay otros lugares que se han querido especializar en ciencia sin tener un modelo claro a seguir, pero con la certeza de que el país puede ser una potencia en el sector por su biodiversidad. Astronomía en el desierto de la Tatacoa en el Huila, monitoreo de tortugas en el Chocó o aviturismo en diferentes regiones son algunas de las iniciativas existentes, sin que estas necesariamente logren cumplir con las expectativas de la academia. Es decir, una infraestructura para facilitar la investigación.

¿Qué se requiere para el desarrollo del turismo científico en Colombia?

Si bien el término aún no tiene una definición precisa, comprende el turismo que es llevado a cabo para una tarea científica; los viajes para recolección de datos, para tareas y eventos académicos, o que requieren guías de eruditos que satisfagan la curiosidad o requerimientos especializados de los visitantes.

Algunos lugares dedicados a este segmento y reconocidos mundialmente entre el público general son la NASA, en catorce centros en Estados Unidos, con recorridos que combinan ciencia y entretenimiento sobre temas relacionados con el espacio y las aeronaves; o el CERN en Suiza, donde se encuentra el Gran Colisionador de Hadrones y el tema central son las partículas, con talleres y campamentos de verano para estudiantes y profesores, además de visitas a las dos exhibiciones permanentes.

Entre los científicos también es popular el Smithsonian Tropical Research Institute, con doce estaciones de campo y complejos de laboratorios en Panamá, además de observatorios en otros lugares del mundo, donde 1.400 visitantes investigadores exploran los ecosistemas tropicales.

Aunque en Colombia no se han desarrollado centros del tamaño de estos gigantes, sí se reconocen como centros de ciencia a Maloka en Bogotá, al Parque Explora y al Museo de Ciencias Naturales de La Salle del Instituto Tecnológico Metropolitano en Medellín, por ser espacios idóneos para el intercambio, la comprensión y el uso contextualizado y democrático de la ciencia y la tecnología por parte de la sociedad.

“Se requiere un alto nivel de capacidad técnica para poder ofrecer turismo científico”, dice Mario Murcia, biólogo y coordinador técnico de Colombia Bio en Colciencias, el proyecto estratégico de interés nacional que busca fomentar el conocimiento, conservación, manejo y aprovechamiento sostenible de la biodiversidad en el país a través de la ciencia. “Se necesita que en los territorios, en las comunidades locales, haya un mayor conocimiento de las especies para poder guiar a investigadores, a científicos y a gente muy especializada que quiere ver cosas puntuales”, dice.

Más allá de los centros de ciencia

Desde la firma de los acuerdos de paz con las FARC, se han hallado al menos 89 nuevas especies de plantas y animales, cien endémicas y tres redescubiertas, una situación atractiva para los investigadores del mundo en temas de biodiversidad. “Tenemos llanuras inundables en la Orinoquia, bosques en todos los Andes, bosque tropical lluvioso en Chocó y Amazonas, bosque seco en el Caribe y todas las gradaciones de lo que un investigador se puede encontrar en el mundo, en un solo punto”, afirma Murcia.

En el marco de Colombia Bio se busca desarrollar el turismo científico de naturaleza, el área del turismo de alto valor a la cual el Gobierno destina actualmente los esfuerzos, con el fin de sentar las bases para lograr que en 2030 opere una oferta estructurada. Desde el Viceministerio de Turismo se han invertido más de treinta mil millones de pesos (más de once millones de dólares) en más de quince proyectos en Amazonas, Santander, San Andrés y Providencia, Meta, Vichada, Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Arauca y Bolívar, como parte del Plan de Negocio de Turismo de Naturaleza del MinCIT, bajo la premisa de que “se tiene que proteger la naturaleza, la cultura de las regiones y se debe garantizar que la protección de esos recursos naturales genere ingresos para las comunidades”, según afirma Carolina Urrego, consultora de Infraestructura Turística del Viceministerio de Turismo.

Seguir esos lineamientos implica desarrollar la infraestructura física, la logística y la formación académica. “Eso exige la colaboración entre las gobernaciones, las universidades, los operadores de turismo, la empresa privada y las comunidades locales”, complementa Mario Murcia.

Por ejemplo, es indispensable tener guías suficientes y especializados que puedan responder a las preguntas de los científicos, un requerimiento que se espera sea suplido gracias a la resolución 823, que el Ministerio de Comercio Industria y Turismo expidió a finales de 2017, en la cual se les permite a profesionales de 120 carreras homologar sus estudios ante el SENA para ser reconocidos como guías de turismo. “El surgimiento de la demanda de ciertas profesiones y características llevó a la modificación de la ley”, afirma Alejandro Moreno, coordinador del Consejo Nacional de Guías de Turismo.

Lejos del turismo masivo

A lo largo de 2018, una mesa interinstitucional ha trabajado en este tema con el fin de plantear una oferta que traiga beneficios económicos al país, fundamentalmente a las comunidades de los destinos turísticos, y que responda a principios de sostenibilidad social, ambiental y económica. En la mesa hay representantes de Colciencias, los institutos Humboldt y Sinchi, Procolombia, diferentes universidades, la ONG especializada en turismo comunitario Travolution y consultores en temas relacionados con recursos naturales.

“La idea es no irnos por el modelo tradicional de turismo masivo, que es depredador y no pone en valor nada de lo que tenemos en los territorios”, dice Constanza Olaya, coordinadora de Travolution Colombia. Ella explica que en la mesa intersectorial se entiende que las comunidades son las habitantes del territorio y pueden generar el desarrollo local, con el apoyo de las instituciones. Por eso, Procolombia juega allí el rol de identificar productos turísticos originales, que realmente planteen oportunidades de negocio diferentes a las habituales y beneficios económicos a los locales.

“En la mesa nos preguntamos cómo pasamos a un turismo más reflexivo, en el que hay procesos de cocreación y somos pares, en términos de que hay saberes locales”, dice Olaya.

Aviturismo, el segmento más avanzado

Un piloto exitoso concebido bajo los principios que ahora busca afincar la mesa interinstitucional es el de Yarumo Blanco, una asociación comunitaria en el Quindío, que presta servicios en el Santuario de Fauna y Flora Otún Quimbaya, parte de los Parques Nacionales Naturales.

Hace unos años, la asociación ofrecía viajes de ecoturismo de un día con rutas dedicadas a hablar de las especies de aves y mamíferos. “Ese era el 60 o 70 por ciento de su operación, pero generaba pocos ingresos”, afirma Mario Murcia, de Colciencias. No obstante, las mayores entradas provenían de visitas de universidades para hacer trabajos de campo. Allí se propuso volver más académica la oferta, enseñándoles a los guías temas sobre las aves, su comportamiento y cómo eso se refleja en términos de territorio, de paisaje y de cambio climático.

Actualmente, Yarumo Blanco se concentra más en la oferta para la academia. “Eso te cambia el panorama porque es un turismo de menor impacto. Los visitantes pernoctan mayor tiempo allí e invierten más en comida, algo que les deja mayor margen de ganancia que la pasadía de un día”, dice Murcia.

La transformación ha venido ligada a otro tipo de procesos comunitarios, según explica Jaime López, miembro de Yarumo Blanco. “Se puede comenzar a generar una oferta de servicios turísticos que complemente nuestro proyecto de conservación, recibiendo visitantes responsables, siendo coherentes y mitigando los impactos que se generan sobre los ecosistemas”, dice.

Por su parte, el MinCIT ha invertido recursos junto con Audubon, una organización estadounidense dedicada a conservar y restaurar ecosistemas naturales, poniendo el foco en las aves y sus hábitats. Se están haciendo rutas de observación de aves, la primera con USAID en la costa, en Los Andes centrales, Andes occidentales y los Llanos”, cuenta Carolina Urrego, del Ministerio. Audubon hace el Global Big Day anualmente, un concurso en el cual avistadores de todo el mundo salen a buscar aves y que se realizó este año en el país, al cual Procolombia trajo una misión de los ornitólogos más famosos del mundo.

“El año pasado Colombia quedó en el primer lugar y este año repetimos. Eso nos da un reconocimiento mundial entre esas comunidades de ornitólogos y avistadores”, dice Urrego y agrega que entre los planes también está el de fomentar el avistamiento de ballenas y la observación astronómica.

En cuanto a los planes a largo plazo, para el 2030 Colciencias se concentra en impulsar excursiones especializadas, realizadas de la mano con las gobernaciones y otros países, que permitirán fortalecer las capacidades locales con varios objetivos de desarrollo, entre estas las imprescindibles para el establecimiento del turismo científico.

Entre febrero y marzo se realizó la expedición botánica de Boyacá Bio en asocio con el Jardín Botánico Real Kew Gardens del Reino Unido, en la cual cuarenta investigadores extranjeros viajaron durante once días por tierras de la Serranía de las Quinchas y el Páramo de Chiscas. El objetivo era identificar, investigar y analizar plantas, hongos y especies útiles amenazadas, nuevas, endémicas y de alta prioridad que puedan llegar a generar conocimiento que conduzca al desarrollo de medicinas, fibras y alimentos.

La excursión hace parte de una serie de proyectos binacionales, en los cuales se pactó una cooperación de 20 millones de libras para los próximos cuatro años y busca que ambos países trabajen para fortalecer las capacidades locales y aumentar el conocimiento en biodiversidad. Según Mario Murcia, solamente en este viaje, del cual formaron parte también 37 asistentes de campo e investigadores de instituciones colombianas, se destinaron a los gastos del viaje, hospedaje, comida y transporte 700.000 libras (más de 2.700 millones de pesos).

Así, lo que implica el turismo científico es la posibilidad de hacer investigación, dejar capacidad en las regiones e inversión en el territorio. “Desarrolla conocimiento, genera valor agregado y nos vuelve competitivos. La fórmula está dictada”, concluye Murcia.

 

Artículo de la periodista Renata Rincón para Todo es Ciencia.
Imágenes usadas por cortesía de MinCIT (Luis Urueña), FONTUR (Luis Orlando Aristizábal Gaviria y Mateo Felipe Matiz Carvallo), Tricilab (Arbey Muñoz) y la organización del #PeaceHackCamp (Appiario & Editacuja).

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