¿La letra con sangre entra? Una mirada desde la neurociencia

Author: Anónimo (no verificado) Fecha:Julio 01, 2018 / Etiquetas: educación, Neurociencia, Ana María Mesa
Educación y neurociencia. Ilustración de Carlo Guillot

Por Ana María Mesa

“Los hombres deben saber que el cerebro es el responsable exclusivo de las alegrías, los placeres, la risa y la diversión, y de la pena, la aflicción, el desaliento y las lamentaciones. Y gracias al cerebro, de manera especial, adquirimos sabiduría y conocimientos, y vemos, oímos y sabemos lo que es repugnante y lo que es bello, lo que es malo y lo que es bueno, lo que es dulce y lo que es insípido”.

Hipócrates

A raíz de los recientes sucesos del país, las elecciones, la segunda vuelta presidencial, los motivos y las razones por las cuales pensamos tan distinto y que en coyunturas como estas se aprecian bastante bien, llegó hasta mí una idea que no me ha abandonado desde que empecé a pensar sobre qué escribir aquí.

Esa idea está relacionada con la neurociencia que estudia el sistema nervioso y el cerebro y que me ha llevado a pensar que solo es posible transformar el mundo, para bien, desde el amor.

De acuerdo con el profesor de la Universidad de Manizales, Diego Villada, PhD en neurociencia, sería el hipocampo, una región que está ubicada en la región inferior profunda del sistema límbico del cerebro, la encargada de los procesos cognitivos. Esa región suele estimularse gracias a las emociones y es la encargada de almacenar la memoria. Es decir, hay una relación directa entre lo que aprendemos, lo que queda almacenado allí, y lo que sentimos al momento de aprenderlo.

Una anécdota personal: cuando estaba en sexto en el colegio tuve que faltar justo el día en el que la profesora de matemáticas explicó la raíz cuadrada para números de más de dos cifras y ella no quiso repetir la clase para mí a pesar de que mi mamá se lo solicitó. Mi mamá entonces compró la aritmética de Baldor, estudió ella la operación y me la enseñó a mí. Al año siguiente la profesora de séptimo repitió la lección y solamente yo recordaba cómo se hacía ese procedimiento. Salí al tablero a explicarlo para todas mis compañeras. Creo que es debido a que lo aprendí con más emociones positivas que mis compañeras.

La educación fue vista durante muchos años como un proceso de amaestramiento, de entrenamiento rígido, de quitarnos lo salvaje y convertirnos en personas útiles, y en algunos casos en un mecanismo para eliminar la rebeldía. Nada de eso involucra emociones positivas, sin embargo también interviene el hipocampo, que asocia entonces los aprendizajes con sentimientos represión y constreñimiento.

Esos eran nuestros abuelos, que criaron a nuestros padres y ellos a nosotros oyendo que con ternura iban a malcriarnos, que con afecto iban a estropearnos, que a los niños los iban a mariconear. Una negación del amor, la ternura, el cariño, el cuidado, la consideración y por lo tanto de la justicia, la empatía y la solidaridad en los procesos de educación.

Tengo la idea de que un profesor conocedor y riguroso, pero antipático, injusto y que no enseñe con amor, será peor para la sociedad que un profesor mediocre pero bonachón.

Pienso también que eso resolvería la duda sobre por qué muchas personas llenas de títulos y educación resultan ser corruptas que solo piensan en su beneficio personal. La gran revolución es enseñar con ternura, con cariño, con amor.

 

Ana María Mesa es periodista. Columnista en La Patria de Manizales. Y realizadora en Radio Nacional de Colombia.
Ilustraciones de Carlo Guillot para Todo es Ciencia.
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